Esta historia trata sobre una niña que era hija única, amada y
consentida por sus padres, recibía todo lo que ella solicitaba. La niña
de tan solo 9 años decía a sus padres todas las noches que una extraña criatura la observaba desde el armario, a los que los padres solo decían que era algo de su imaginación.
Todas las noches la niña sufría un miedo terrible debido a que veía una
sombra dentro de su armario y en medio de la oscuridad pasaba malas
noches por temor a lo que le podía ocurrir. Una noche la niña comenzó a
escuchar cosas y se arropo más fuerte con su sabana, llena de temor a
que aquel monstruo le pudiera hacer daño.
Luego de horas escuchando aquel ruedo, la niña se levantó de la cama y
se dirigió hacia el armario llena de temor porque no sabía qué clase de
criatura podría encontrar. Al momento de acercarse, una mano lo jaló
dentro del armario y solo un rastro de sangre quedó en la habitación.
Los papás, desconcertados al verlo, solo se lamentaron de no haber
escuchado a su pequeña niña y de inmediato se mudaron de casa.
Una leyenda urbana japonesa cuenta que
si sientes una presencia detrás de la puerta del baño debes tener
cuidado, tal vez sea el espíritu de Hanako-san. Una niña que murió en el
colegio y espera encontrar a alguien con quien vengarse.
Hanako-San es una niña fantasma
(adolescente en algunas versiones) que acecha en los baños de las
escuelas japonesas. Los japoneses la llaman “Toire no Hanako-San”, que
literalmente significa “Hanako del baño”.
Ella tiene el pelo ligeramente corto,
negro y lacio, usa una falda roja y su mirada, según cuentan, es capaz
de helarle la sangre al más valiente.
Habita el tercer cubículo de los baños
del tercer piso; en otras versiones de la leyenda, el cuarto cubículo;
ya que, en Japón, el 4 es considerado un número maldito por su semejanza
fonética con la palabra ‘shi’ (muerte). Su espíritu generalmente pena
en los baños de mujeres, pero no son pocos los casos de chicos que han
salido despavoridos por encontrársela en medio del mal olor, la humedad y
la penumbra, ya que ella suele preferir los baños descuidados y poco
iluminados, por lo cual los profesores, aprovechándose del miedo que
inspira Hanako-San, recomiendan a sus alumnos mantener limpios los baño.
El riesgo de encontrarte con Hanako-San
es mucho mayor si estás solo o sola: entonces, ni pienses en abrir la
tercera o cuarta puerta, porque allí la vas a encontrar, y la mirada que
te dedique rondará tus pesadillas por el resto de tu vida, puesto que
la habrás hecho enfurecer al irrumpir su privacidad (eso si consigues
sobrevivir)…
Por otra parte, cuentan que, si no abres
la puerta tres o cuatro pero sientes una presencia en el baño, muy
probablemente se trata de Hanako-San. ¿Existe forma de averiguarlo? Por
supuesto, provocándola, incitándola a manifestarse, para lo cual puedes
tocar la puerta tres veces, llamarla por su nombre, o hacer la pregunta
clave: “¿Hanako, estás allí?”… No es seguro que te responda, aunque si
lo hace, la mayoría de versiones cuentan que dirá con voz baja y
calmada: “Sí, estoy aquí”. Una vez que sepas que está allí, realmente
tendrías que tener agallas para abrir la puerta, pues estará aún más
enfadada que en los casos de quienes abren la puerta sin haber
preguntado. No obstante, si tienes un examen en el que hayas obtenido la
máxima nota, puedes estar tranquilo pues se dice que Hanako-San se
calma y desaparece (desvaneciéndose) cuando ve que eres un gran
estudiante… Sin embargo, una versión afirma que ella, tengas o no el
examen, desaparecerá metiéndose en el inodoro y accionando la válvula…
Ahora bien, hasta ahora solo se ha
presentado la visión más extendida de la leyenda, ya que existen
conocidas variaciones en las que Hanako-San se manifiesta de formas
sencillamente aterradoras:
• En la prefectura de Yamagata, cuentan
que Hanako-San no siempre responde con voz calmada: puede responder con
voz ronca, como de poseída por el Diablo, y entonces, aunque no mueras,
podría atacarte o asumir un aspecto tan monstruoso que necesites varias
visitas al psicólogo… O bien, según otra creencia de Yamagata, es mejor
que jamás abras la puerta pues Hanako no es una niña sino un demonio que
emplea voz de niña para que los curiosos caigan y se queden helados al
ver que en realidad se trata de un engendro con tres metros de altura y
tres asquerosas y viscosas cabezas de lagarto.
• En cierta escuela de la ciudad de Kurosawajiri, cuentan que, si te metes al cuarto cubículo y dices tres veces “ichibanme hanako-san, nibanme hanako-san, sanbanme Hanako-san”
(primera Hanako, segunda Hanako, tercera Hanako), una mano blanquecina
aparecerá por encima de la puerta del baño, resplandeciendo
espectralmente con su luz de ultratumba…
• En una escuela de la ciudad de
Yokohama, los alumnos creen que, si vas al cuarto cubículo del baño de
los chicos y le das vueltas al inodoro unas tres veces o más mientras
insultas a Hanako-San, una mano ensangrentada ascenderá desde el hueco
del inodoro e intentará atraparte.
• Diferente a las anteriores, en muchas
escuelas de Japón existe la superstición de que, si te raspas la rodilla
en el patio de la escuela, te podría salir el temido “Hongo Hanako”, el
cual es como una mancha blanquecina que, según cuentan, de alguna u
otra forma te transmite Hanako-San desde su costra, puesto que ésta está
llena de ese tipo de hongo.
Probablemente te preguntarás cuál es el
origen de Hanako-San, y desde cuándo empezó a hablarse de ella. La
verdad es que ésta chica fantasma ha estado en boca de los japoneses
desde la década de los ochenta, ya que en ese entonces emergió como
leyenda propia de la cultura popular urbana. No obstante hay quienes
dicen que ya en los años cincuenta se hablaba de Hanako-San, aunque
mucho menos. En cuanto a su origen, se han planteado las siguientes
versiones:
• Durante la Segunda Guerra Mundial,
Hanako-San estaba jugando a las escondidas cuando ella y los demás
alumnos fueron sorprendidos por una alarma de bombardeo, y entonces ella
se escondió en el baño y allí murió cuando las bombas enemigas la
volaron en pedazos…
• El padre de Hanako-San era un sujeto
abusivo, violento, pervertido y medio loco, que cierto día enfurecido la
persiguió para matarla, dándole muerte en un baño después de que ésta
se escondiera allí.
• Hanako-San murió en un accidente. Unas
versiones (en Fukushima) dicen que se cayó por la ventana de la
biblioteca de la escuela; otras, más coherentes, que se cayó por la
ventana del baño.
• Parecida a la del padre, una versión
cuenta que la madre de Hanako tenía problemas mentales y estaba
perdiendo progresivamente la cordura, hasta que un día perdió la razón e
intentó matar a su hija, dándole muerte en el baño, lugar en el que
Hanako se había escondido.
• La más siniestra de las versiones,
cuenta que la escuela (muy probablemente un internado) de Hanako estaba
en un área boscosa, y Hanako había salido a dar un paseo entre los
árboles, cuando de pronto se percata de que un hombre (con un hacha en
la mano) la estaba mirando en forma perversa y malintencionada, ante lo
cual ella se asustó y echo a correr rumbo a la escuela (que al parecer
estaba casi vacía en esos momentos), ocultándose en un salón, donde
estuvo agazapada hasta que, ante la proximidad de las amenazantes
pisadas, corrió rápidamente al baño, donde se ocultó en el cuarto
cubículo, cerrando la puerta con picaporte. Sin embargo el hombre
escuchó el ruido de la puerta y sabiendo donde se escondía dijo en voz
alta: “”hanako-san asobimashou” (¡Vamos a jugar, Hanako!)… Y
entonces comenzó a fingir que la buscaba, hasta que llegó al baño y a
hachazos, destrozó la puerta del baño y el despedazó a Hanako…
• Por último, algunos creen que Hanako
se suicidó en el baño, cosa que sí es creíble puesto que Japón tiene uno
de los mayores índices de suicidios, incluyendo casos de adolescentes y
niños, los cuales algunas veces se han matado por la presión social en
torno a la obtención de buenas notas, tales como las que hacen que
Hanako se desvanezca… ¿será por coincidencia?…
Una de las leyendas urbanas más
aterradoras y difundidas en Estados Unidos cuenta la historia de un
puente, en el que si detienes tu vehículo por la noche, podrás
escuchar los lamentos y llantos de un bebé. ¿Te atreverías a
comprobarlo?…
Tom viajaba de noche por una carretera
comarcal de Ohio, era un viaje tranquilo y porque no decirlo tal vez un
poco aburrido. Para entretenerse había sintonizado una frecuencia de
radio en la que un loco predicador hablaba de la salvación eterna, por
supuesto después de hacer una generosa donación a su iglesia. Tom
solamente de escucharle se estaba poniendo enfermo, ¿cómo podia existir
gente que le creyera? ¿no estaría prohibido vender productos falsos como
las astillas de la cruz de Cristo o las lágrimas de la virgen María?
Estaba tan indignado que casi no se dio cuenta de una jovencita que
caminaba por el árcen de la carretera y le hacía gestos para que se
detuviera.
Casi frenando en seco Tom detuvo su vehículo pocos metros por delante de la chica.
- Cielo, como se te ocurre caminar sola a
estas horas con el frío que hace, he estado a punto de llevarte por
delante con mi coche – dijo Tom mientras reducía el volumen de la radio.
- Gracias por detenerse señor, tengo mucha prisa porque mi bebé me está
esperando, se me ha hecho de noche y nadie se ha detenido para ayudarme,
usted debe ser la tercera persona que veo en media hora y el primero
que me ayuda.
- No te precoupes, si no me desvía mucho del camino te acercaré a tu casa.
Tom no acostumbraba a recoger
autoestopistas y probablemente si no hubiera estaba tan absorto con el
programa de radio que escuchaba no se hubiera arriesgado a detener su
vehículo para ayudar a una desconocida. En todo caso al ver la cara de
preocupación de la que parecía casi una niña y escuchar la historia de
que debía reunirse con su bebé se conmovió.
- Hola, me llamo Tom, no se como no te has congelado en una noche como esta – le dijo mientras le ofrecía una sonrisa.
-Muchas gracias Tom, soy Sarah, no tenía previsto caminar hasta tan
tarde, realmente no estoy lejos de casa, sólo hay que llegar al próximo
puente que está a un par de kilómetros, allí está mi bebé esperándome.
Tom no se atrevía a preguntarle la edad a
la chica, le había dejado impresionado que nombrara dos veces a su bebé
pues no aparentaba tener mas de catorce o quince años. Fijándose un
poco en las ropas de Sarah se dio cuenta que probablemente perteneciera a
algún tipo de congregación amish porque sus holgadas vestimentas
parecían casi sacadas del siglo pasado. Estaba confuso y no sabía que
tema de conversación sacar pues aunque se moría de ganas de comentar con
alguien las estupideces que pregonaba en su discurso el predicador,
sabía que los amish eran bastante religiosos y lo que menos pretendía
era incomodar a la chiquilla. Casi sin darse cuenta se creo un incómodo
silencio que duró un par de minutos hasta que…
-¡Es aquí! – dijo la chica al acercarse al puente que le había mencionado antes.
Tom redujo la velocidad del vehículo
hasta que como por arte de magia, al situarse sobre el puente, el coche
se detuvo solo. Las luces, la radio y la calefacción se apagaron y por
más que trataba de arrancar nuevamente le resultaba imposible. Y
entonces sintió algo a su izquierda…
Era como si todos los animales que
habitan la noche se hubieran puesto de acuerdo para hacer un silencio
absoluto, no se escuchaba nada, ni tan siquiera el viento mover las
hojas de los árboles cercanos. Cuando de repente un suave llanto se
empezó a oir, era como un susurro que cada vez se hacía más fuerte. Bajó
la ventanilla para escuchar mejor y cuando se dio la vuelta vio que la
chica ya no estaba en el asiento del copiloto.
Era verdaderamente extraño, porque no
había escuchado abrirse o cerrarse la puerta de su acompañante, también
le resultó raro que se fuera sin despedirse pues se había mostrado muy
educada durante los escasos minutos que la había conocido. Pero lo que
verdaderamente le atormentaba era ese llanto que cada vez era más
intenso, como el de un bebé que lleva desatendido horas. Bajó del
vehículo y se acercó al borde del puente donde parecía que se escuchaba
con mayor intensidad. No había duda provenía de debajo del puente.
Tom no era un hombre valiente pero se
encontraba como hipnotizado por los quejidos de lo que parecía un bebé,
pensó que tal vez Sarah había bajado a atender a su hijo y por eso, con
las prisas, no se había despedido, así que regresó a la entrada del
puente y bajó al río por uno de los laterales.
Descendió hasta encontrarse cerca del
río, el lugar del que parecía provenir el llanto. Misteriosamente, y
aunque no podía ver nada, cada vez podía escuchar con más claridad el
lamento del bebé, era extraño porque parecía provenir de las aguas y por
más que miraba junto a su lecho no podía ver nada, pero entonces lo
sintió…
Como si una fría aguja de hielo se
clavara en su espalda, le sacudió un escalofrío que le dejó
prácticamente petrificado. Podía notar como alguien le miraba desde el
puente, una mirada fija que le helaba la sangre. Lentamente levantó la
cabeza para ver quien le vigilaba y cayó al suelo de la impresión…
Colgando del puente se encontraba el
cadáver se Sarah que parecía haberse ahorcado con una cuerda atada a la
barandilla del puente. Sus fríos ojos de muerta le miraban fijamente, su
rostro tenía una extraña mueca de dolor y su boca parecía desencajada,
pero lo más aterrador estaba por llegar. Porque aunque Sarah parecía
llevar varios días muerta en el lugar, empezó a moverse. Un brazo se
extendió y con un dedo señaló el lecho del río.
Tom aún desde el suelo estaba tan
petrificado por el miedo que no se atrevía a moverse, pero como la luz
atrae a los insectos nocturnos casí sin poder evitarlo giró su cabeza
hasta mirar al lugar donde apuntaba el dedo en descomposición de Sarah.
En el agua podía verse el cuerpo de un recién nacido flotando boca abajo y una vez más escuchó el llanto desconsolado.
El miedo dio camino al pánico y el
terror que antes le paralizaba ahora le obligaba a correr, a correr tan
rápido como podía. Subió tropezando por la cuesta por la que había
descendido al cauce del río y se metió nuevamente en su coche. Pero no
arrancaba y cada vez se escuchaba más cerca el llanto del niño y el
lamento del espíritu de Sarah. Totalmente desesperado empezó a empujar
el vehículo que, tan misteriosamente como se había apagado, se encendió
solo al cruzar el puente. Subió al coche y condujo tan rápido como pudo
para escapar del Puente de los Lamentos.
NOTA: La leyenda de los
“Puentes del llanto del bebé” (Crybaby Bridge) es una de las más
conocidas en Estados Unidos y tiene especial difusión en el estado de
Ohio donde prácticamente todos los puentes de construcción antigua tiene
su propia leyenda. La mayoría de estas historias tiene un punto en
común, una madre demasiado joven que tras ocultar su embarazo decide
arrojar a su bebé recién nacido al río desde un puente para que sus
padres no la descubran. El bebé muere ahogado (o golpeado por las rocas
según la versión) y la madre sufre tal sentimiento de culpa que acaba
suicidándose ahorcándose desde una viga del puente (o lanzándose al río
ella también). Desde ese momento el alma en pena del bebé no cesa de
llorar cada noche y el espíritu de la madre trata de encontrarlo a la
orilla del río o busca ayuda de los conductores que circulan sobre el
puente.
En casi todas las versiones si detienes
el vehículo sobre el puente y te paras a escuchar podrás oir el llanto, y
lo que es más escalofriante, tu vehículo se detendrá y no podrás
arrancarlo de nuevo. La única forma de ponerlo en marcha nuevamente será
empujarlo hasta cruzar completamente el puente.
Existen muchas variantes de esta
leyenda, en algunas el espíritu de la madre y el niño te pueden llegar a
incitar a suicidarte, ahorcándote como lo hizo la madre o simplemente
saltando al río donde las frías aguas o un golpe contra las rocas
acabará con tu vida. En otras versiones se habla de un orfanato que se
incendió y los niños asustados al escapar acabaron ahogándose en el río.
Por eso es posible escuchar más de un lamento.
Conocido principalmente en Argentina,
Brasil y Paraguay, el Pombero es un duende del bosque que se encarga de
proteger la fauna y flora de aquellos que matan más animales de los que
van a comer o talando árboles que no van a utilizar…
El Pombero es un ser originario de la
mitología guaraní (algunos autores difieren en esto), muy popular en
Paraguay, en ciertas partes del sur de Brasil, y en zonas argentinas
como Misiones, Corrientes o Entre Ríos.
Este ser gusta de acosar y violar
mujeres, asesinar a quienes deterioran innecesariamente la naturaleza, y
castigan a quienes osan pronunciar su nombre en voz alta o les faltan
el respeto imitando su silbido, que según cuentan es escalofriante y de
hasta 30 segundos.
. Su nombre
En guaraní, el nombre que se le da es
“Cuarahú-Yara”, lo cual significa “Dueño del Sol”. Sin embargo, esto es
sólo aparente, pues aquel es el nombre de un viejo rojizo con un solo
ojo en la frente, dientes de perro, brazos largos y enormes manos. Este
ser, según indica el especialista Félix Coluccio, no es una modalidad
del Pombero sino un ente diferenciado. Así, los verdaderos orígenes de
su nombre habría que buscarlos en el sur de Brasil, donde se llama
“pombeiro” al que espía, y en los aborígenes de las pampas argentinas,
que llaman “bombero” al explorador que marcha en la línea de avanzada
cuando se están efectuando tareas de reconocimiento. De allí, se cree
que el nombre puede ser una fusión de ambos, o una deformación de uno u
otro.
. Versión tradicional del Pombero
Las primeras referencias al Pombero lo
muestran como un ser alto, flaco, fornido, feo, y muy peludo. Sin
embargo, esta versión carece de importancia en la actualidad, no solo
porque prácticamente no existe información sobre la misma, sino porque,
de una forma que podríamos llamar “casi oficial”, el Pombero es
popularmente conocido como una especie de duende. Esta es la versión
tradicional, tanto en el folclore actual como en el de hace décadas
atrás.
En la versión (la tradicional) que nos
ocupa, el Pombero es una especie de hombrecillo pequeño, feo, fuerte,
moreno, muy peludo, de brazos largos y manos enormes, codos y rodillas
sin articulaciones (por lo cual hace movimientos toscos y grotescos),
piernas cortas con pies invertidos que desorientan a quien lo intenta
rastrear, un enorme miembro viril para abusar carnalmente de las
mujeres, una barba larga —en ciertas versiones, tan grande que le cubre
el miembro—, un sombrero de paja y una bolsa al hombro, aunque lo de la
bolsa es dudoso, pues proviene de su confusión con el Kari-Vosá, otro
ser mitológico.
Sean cuales sean los detalles de su
aspecto, el Pombero ronda por los bosques, suele refugiarse en casas u
otras construcciones abandonadas para descansar, y nunca deja de viajar,
al menos entre las zonas en que se lo ha visto.
Sus habilidades son diversas: puede
hacerse invisible y delatar su presencia a través de algo tan sutil como
un escalofrío en quien supuestamente es tocado; puede deslizarse en
espacios muy estrechos, correr velozmente en cuatro patas, imitar el
canto de muchas aves (sobre todo nocturnas), el silbido de una persona y
el sonido de víboras u otros animales.
La misión principal del Pombero es la de cuidar a la Naturaleza,
vigilando el monte y velando por las vidas de los animales salvajes. Por
ello y si bien permite la cacería, se enfurece cuando ve que un cazador
mata más de lo que consumirá, cuando un pescador solo busca
entretenerse, cuando un leñador corta madera que no empleará y, en suma,
cuando cualquiera produce injustificadamente un daño a la flora o
fauna. Su vigilancia es casi imposible de burlar, ya que supuestamente
puede metamorfosearse y, por ejemplo, estar observando todo en forma de
lechuza…
A la hora de castigar, el Pombero puede
ser realmente implacable y cruel. Por ejemplo, en algunas partes de
Argentina creen que, si encuentra a un niño cazando pájaros, lo tomará a
la fuerza y lo abandonará lejos de casa, muerto o atontado, dependiendo
del caso. Concretamente en el Chaco (Argentina), se cree que el Pombero
puede chuparles la sangre a los niños, dejándolos secos y colgados de
algún árbol…
Tal y como los duendes tradicionales, el
Pombero puede ser travieso y fastidioso: libera vacas y otros animales
de sus corrales, dispersa gallinas u otros grupos de animales domésticos
o salvajes, roba tabaco, desparrama maíz, consume miel si la encuentra a
su alcance, se coge los huevos de las gallinas, y tumba a los jinetes
de sus caballos, entre otras cosas.
Particularmente conocida es la lascivia
del Pombero. Éste, aprovechándose de su invisibilidad, suele despertar a
las mujeres con caricias malintencionadas, sobre todo si duermen fuera,
como sucede a menudo en verano. Ciertas mujeres han sido violadas por
el Pombero, y cuando tienen un hijo de él, suele ser algo parecido al
padre, desgraciadamente… En este tipo de afán el Pombero, cuando se ha
prendado de la belleza de determinadas jóvenes, ha llegado a raptarlas
(dicen algunos que, para esto, puede hipnotizar), las ha violado en el
bosque, y ahí las ha dejado abandonadas, generalmente embarazadas, con
la ropa rasgada y el cuerpo cubierto de tierra y mal olor (el Pombero
apesta). Sin embargo, gusta de violar salvajemente, a manera de castigo,
a las esposas infieles y a las jóvenes que han crecido sin bautizarse.
Hasta aquí parecería que las elegidas del Pombero están perdidas, pero
muchos creen que, si éstas le ofrecen miel o tabaco de buena manera, el
Pombero habrá de dejarles intacto “el honor”.
Ahora, y pese a ser violador, el Pombero
también tiene su lado sensible con las mujeres. En efecto, en
Corrientes (Argentina) creen que éste se suele enamorar de las
embarazadas que están gestando niñas, y que las protege cuando duermen o
andan solas en la oscuridad, delatando a veces su presencia en algo tan
suave como un piar de pollito.
Por otra parte, uno puede ganar la
amistad o simpatía del Pombero si le hace regalos. Hay que dejarle
tabaco, miel o licor, en algún banco o silla o en un lugar visible atrás
de la casa, pronunciando una corta oración o ruego. Cuentan que, si se
llega a obtener su amistad, éste cuidará la casa, el rancho, los
animales y las pertenencias del favorecido, además de que le guiará
donde están las presas más grandes para cazar, los peces más gordos y
jugosos, y los frutos más frescos y exquisitos… Sin embargo, ganar la
amistad del Pombero no es tarea sencilla, pues las ofrendas deben
hacérsele por treinta noches seguidas sin interrupción; aunque también,
si se desea un favor concreto —sobre todo en lo que es encontrar cosas
perdidas y tener éxito con los cultivos y los animales de granja—, se
puede pedir primero el favor, decirle lo que se le habrá de dar por
treinta noches seguidas, esperar a que el favor esté cumplido y entonces
proceder a cumplirle lo ofrecido. Y es mejor que así sea, porque el
Pombero se enfurece cuando hace un favor y no es retribuido…
Como contraparte a lo anterior, hay
quienes se han ganado la enemistad del Pombero. Si esto es así, la
persona enemistada oirá ruidos extraños en casa, verá objetos que se
mueven, puertas que se abren, cosas que se caen sin explicación, o
incluso pasos y voces sin fuente aparente… Esa persona mejor no debería
salir de cacería, pues el Pombero intentará confundirle en la espesura
del bosque, de la cual quizá no vuelva vivo…
Otra cosa a tener en cuenta, es que
alguien puede irritar al Pombero sin llegar a ser su enemigo, pero sí
experimentando desagradables consecuencias y, de reincidir, seguramente
tendrá la enemistad del Pombero. Cosas que lo irritan, además de dañar
innecesariamente la flora y fauna, son el pronunciar su nombre en voz
alta, el imitarlo (esto hará que conteste con estremecedores sonidos) y
el no hacerle jamás ningún regalo. Según creen, posibles consecuencias
de irritarlo son episodios de temblor, mudez o confusión, estados todos
que el Pombero puede inducir con solo dar un roce de sus manos peludas.
. Aún creen en el Pombero
Todavía en la actualidad, pero sobre
todo en el campo, muchos afirman tener experiencias que delatan la
presencia del Pombero: ramas que se mueven sin motivo, ruidos de
animales que no se ven, asnos sin cabeza o cosas de ese tipo, sonidos de
ciertas especies de ave al atardecer, animales de granja que se
dispersan sin motivo aparente, etc…
Jorge Alberto Martínez, argentino que
investigó sobre la vigencia de la creencia en el Pombero, cuenta al
respecto lo siguiente: “Lo cierto es que además, dicho mito, sigue
en este año 2000, existiendo y no sólo entre la gente sin estudios, sino
incluso entre estudiantes universitarios a los que he analizado. Hace
menos de un mes, a uno de ellos le referí la historia del Pombero como
un mito, y se ofendió, diciéndome que él mismo lo había visto y que así
como embaraza a las mujeres, con los hombres puede ser un juerguista
insoportable o un aliado valioso, tanto en las cosechas como en sus
propias relaciones con las mujeres. La sensación que me transmitió del
Pombero fue tan vívida, que por poco me lo creí. Creo que un error que a
veces podemos cometer es pensar en los mitos como en algo que pasó, no
como algo viviente, que hoy en día sigue sustentándose a partir de
experiencias como las que acabo de relatar (…). Si bien mi conocimiento
del Pombero comenzó hace casi 20 años a través de una empleada doméstica
paraguaya, cuando me fui internando en la cultura de ese país por otros
fines, descubrí que tiene una presencia casi tan importante como el
Espíritu Santo dentro de la mitología católica.”
Una niña llega con su familia a su nuevo
hogar, una gigantesca casa con un jardín enorme en el que hay una
casita en el árbol. Pronto la niña se volverá más solitaria y sólo
querrá pasar el día jugando con su amiga imaginaria…
Casandra era una tímida niña de seis
años que prefería la compañía de sus muñecas a relacionarse con otros
niños. Por este motivo no le resultó muy duro cambiar de casa y dejar
atrás su antiguo barrio y colegio cuando sus padres decidieron mudarse.
Sus padres estaban preocupados por el
cambio, pero sabían que con el tiempo acabaría disfrutando de su nuevo
hogar. Una vieja mansión que tenía un gran jardín, con un columpio, un
tobogán e incluso una pequeña casita de madera en el árbol.
La niña se acostumbró enseguida a su
nuevo hogar. Pero tener tanto espacio para jugar la volvió incluso más
retraída y solitaria. Casandra solía subir con sus muñecas a la casa del
árbol y pasaba allí varias horas hablando sola, según ella con su amiga
Ana. Los padres no le dieron mucha importancia pues sabían que a esa
edad eran comunes los amigos imaginarios. Las vacaciones de verano
pronto acabarían y con el nuevo curso escolar haría nuevos amigos en
clase.
Los días pasaban y el comportamiento de
la niña cada día era más extraño, casi no hablaba con sus padres y
aprovechaba cualquier momento para “refugiarse” en su casita del árbol.
Los padres podían escucharla hablar durante horas con su amiga Ana. Pero
lo que más les preocupaba era que cada vez conciliaba peor el sueño,
hablaba dormida y parecía sufrir pesadillas pues era habitual que
entonara frases como “tengo frío”, “no puedo ver” o “ayúdame”. Una noche
la madre sintió pasos en el pasillo, asustada avisó a su marido, quien
salió a ver y se encontró a Casandra caminando sin rumbo, la niña
parecía sonámbula y, cuando su padre la llamó, se despertó totalmente
aturdida y sin saber qué hacía de pie fuera de su habitación.
Cada vez las incursiones nocturnas de
Casandra eran más atrevidas y se alejaba más de su cuarto. Sus padres
tenían miedo de que la niña saliera a la calle, sola y por la noche. Así
que decidieron llevarla a una clínica del sueño en la que podrían
“monitorear” sus hábitos de sueño para tratar su sonambulismo. Pero tras
pasar dos noches no se detectó nada extraño, de hecho en ambas
ocasiones Casandra durmió plácidamente toda la noche. El psicólogo
tampoco ayudó mucho, únicamente les confirmó lo que ellos ya sabían, que
tenía una amiga imaginaria que se llamaba Ana y que tenía su misma
edad. El psicólogo le restó importancia al hecho y les dijo que era
relativamente frecuente , y más teniendo en cuenta que la niña
prácticamente no tenía amistades. Les recomendó que pasaran más tiempo
con ella y que trataran de relacionarla con más niños de su edad para
que Casandra fuera, poco a poco, olvidando a Ana y centrándose en sus
amistades reales.
Los padres siguieron al pie de la letra
las indicaciones del psicólogo, pasaban cada vez más tiempo con ella y
la dejaban poco tiempo libre para que fuera a “charlar” con Ana en su
casa del árbol. Pero eso no hizo más que empeorar su ataque de
sonambulismo, parecía como si el tiempo que ya no pasaba con su amiga
imaginaria por el día lo compensara por la noche. Sus sueños parecían
cada vez más vívidos y en un par de ocasiones el padre la encontró a
punto de salir al jardín. La niña cada vez parecía más agotada y con el
cansancio acumulado era como si cada noche perdiera más el control y
pasara más tiempo sonámbula.
Una noche el padre sintió como alguien
bajaba la escalera, al ver a su hija en la puerta de casa un frío le
recorrió la espalda. Al contrario que en otras ocasiones, cuando llamó a
Casandra la niña pareció ignorarle y solamente le dedicó una mirada
fugaz antes de abrir la puerta y salir al jardín. Los ojos de su hija
parecían otros, era como si no la reconociera. Asustado, bajó las
escaleras y salió corriendo detrás de ella mientras la niña avanzaba en
dirección a la casita del árbol; cuando estaba a pocos metros del lugar,
la niña se agachó mientras balbuceaba algo que su padre no podía
entender.
Casandra comenzó a escavar el suelo con
sus manos, su padre al llegar a su lado la escuchó decir “tengo que
salir”, “aquí hace mucho frío”. Su padre la abrazó y sintió que su hija
estaba congelada, era como si no respondiera y luchaba por seguir
cavando, sus pequeños dedos estaban ensangrentados por arañar la tierra y
golpearse con las piedras que había en el suelo. Se había roto un par
de uñas y aún así parecía no despertarse. El padre no sabía qué hacer
mientras la niña pataleaba y le pedía que la soltara y la dejara
continuar.
De repente, como si se le encendiera una
luz en la cabeza, el padre dejó de llamarla por su nombre y la llamó
“Ana”, en ese momento la niña se giró y dejó de luchar mientras se le
quedó mirando.
- Ana, ¿eres tú?. – dijo el padre.
La niña le miró fijamente con unos
ojitos que imploraban que la ayudasen, un par de segundos después se
desmayó, al instante abrió nuevamente los ojos y esta vez Casandra con
su propio cuerpo miró asustada en todas direcciones como intentando
comprender dónde estaba y por qué le dolían tanto las manos. Su padre la
llevó dentro de casa, donde su madre se quedó limpiando sus heridas, el
daño no era tanto como parecía en la oscuridad de la noche, pero el
padre sabía que tenía un asunto pendiente en el jardín, así que mientras
su hija se reponía con su mujer, bajó con una linterna y una pala.
Al llegar al mismo lugar donde Casandra
había escavado, volvió a sentir un escalofrío. Pero no era momento de
tener miedo, empezaba a intuir el motivo por el que su hija no podía
descansar por las noches y quería acabar de una vez por todas con el
problema. Clavó una y otras vez la pala, hasta que pudo ver algo que le
llamó la atención. Una pequeña manita huesuda apareció bajo la tierra.
Era tan pequeña como la de su hija y al verla sintió una tristeza tan
profunda que se puso a llorar. El padre entre llantos entró a su casa y
le pidió a su mujer que no saliera al jardín bajo ningún concepto
mientras él realizaba una llamada.
Menos de veinte minutos después un coche
de policía y un forense llegaron para levantar el cadáver de una niña
de unos seis años. Investigaciones posteriores demostraron que se
trataba de Ana, una niña que había desaparecido hace un par de años en
uno de los pueblos cercanos. La niña al parecer había sido asesinada,
pues su cadáver mostraba signos de violencia. El anterior propietario de
la casa la había enterrado en su jardín, sabiendo que nadie podría
investigar en una propiedad privada sin una orden judicial.
Ana nunca más se comunicó con Casandra;
parece que, al desvelarse su asesinato y detenerse a su asesino, por fin
pudo descansar. Pero Casandra siempre guardaría el escalofriante
recuerdo de cuando hablaba con un espíritu que no podía descansar.
NOTA: Siempre se ha
creído que los niños tienen un don especial para ver los entes del más
allá. Muchas personas identifican los amigos imaginarios, que muchos
niños tienen a determinada edad, con la presencia de espíritus que
podrían relacionarse y comunicarse con ellos. ¿Será verdad la leyenda?
¿Pueden los niños ver fantasmas? y lo qué es más escalofriante… ¿pueden
comunicarse con ellos? Por si acaso la próxima vez que tu hijo, tu
sobrino o tu hermanito hable sólo y sientas un frío recorrer tu espalda
ponte a temblar porque un fantasma podría estar muy cerca.
El Tunel de los Gritos (Screaming
Tunnel) es un escalofriante lugar en el que se asegura que habita el
espíritu sin descanso de una niña que fue quemada en el interior de sus
paredes. Si enciendes una cerilla en su interior…
Cerca de las Cataratas del Niagara hay
un pequeño túnel que tiempo atrás servía como paso peatonal entre las
granjas que había en la zona. Es un estrecho y oscuro paso bajo la vía
del tren que une Toronto y Nueva York, en el que habitualmente la niebla
impide ver más allá de tu propia mano. En este túnel ocurrió un
escalofriante crimen que dejó maldito el lugar y son cientos las
personas que aseguran haber sentido una presencia cuando lo han
atravesado. Esta es su leyenda…
Hace más de un siglo había algunas casas
cerca de los alrededores del túnel. En una de ellas había una familia
rota por el alcoholismo del padre, un hombre violento que descargaba
toda la furia que sentía por su miserable vida golpeando a su mujer y su
única hija cada vez que se emborrachaba. La mujer trataba de soportar
las palizas y evitar que golpeara a su hija, poniéndose como escudo y
diciéndose a si misma que su marido volvería a ser quien fue cuando se
conocieron. Pero la situación no mejoraba y, temiendo por la vida de su
pequeña, se armó de valor y decidió pedirle el divorcio.
El hombre al escuchar a su mujer que
abandonaba la casa con la niña, se enfureció tanto que la amenazó con
prenderle fuego a toda la casa con ellas dentro si trataban de salir de
allí.La mujer al ver como el hombre agitaba una lámpara de aceite y la
acercaba peligrosamente a las cortinas, decidió plantarle cara por
primera vez en su vida y le comenzó a empujar mientras le gritaba
fuertemente.
La reacción del hombre no se hizo
esperar, lanzó la lámpara contra uno de los muebles, que de inmediato
comenzó a consumirse, llegando las llamas hasta el techo de madera en
cuestión de segundos. Se giró hacia su esposa y la derribó de un
puñetazo, pero no contento con ello la continuó golpeando y pateando
aunque ella estaba inconsciente en el suelo. La niña, al ver la escena,
escapó presa del pánico, corriendo tan rápido como podía con la
intención de llegar hasta la casa de sus vecinos que se encontraban al
otro lado del túnel. Mientras corría, sólo se giró un segundo para ver
como toda la casa comenzaba a arder mientras su madre aún estaba dentro y
su padre salía con paso lento pero seguro con una lámpara de aceite
apagada en la mano.
Pero su huida no tuvo éxito; ya que,
cuando se encontraba a mitad del oscuro túnel, la niebla le impidió ver
una piedra, con la que tropezó y cayó de bruces en el encharcado y frío
suelo. Sentía un gran dolor en su tobillo y, por más que trataba de
levantarse, el dolor la vencía y caía nuevamente. Ese lapso de tiempo
fue aprovechado por su padre para alcanzarla.
La niña quedó paralizada por el miedo
cuando observó como su enloquecido padre se acercó a ella y vertió
lentamente todo el aceite sobre su diminuto cuerpecito. Entonces sólo un
sonido más se escuchó en el túnel: el de una cerilla encendiéndose
justo antes de que el padre la arrojara sobre la niña y la prendiera en
llamas.
Los gritos de dolor de la niña fueron
tan desgarradores que quedaron impresos por la eternidad entre las
paredes de este túnel, que desde entonces se llama localmente “El Túnel
de los Gritos” (Screaming Tunnel en inglés). El destino del padre nunca
quedó claro, unos afirman que regresó a la casa ardiendo y entró
nuevamente para arder en las mismas llamas que él había provocado, otros
que desapareció y nunca fue detenido.
Lo que sí que es cierto, es que son
pocos los valientes que se atreven a acercarse al Túnel de los Gritos de
noche, pues cualquiera que entra puede sentir que hay algo negativo en
su interior y una presencia les vigila. Se dice además que, si enciendes
una cerilla en la mitad del túnel (el lugar donde ardió la niña), se
puede escuchar un grito desgarrador y sentirás como una brisa apagará
inmediatamente la llama, como si alguien hubiese soplado para que
regrese la oscuridad a sus paredes…
NOTA: Esta es una versión de una de las
leyendas más famosas de Estados Unidos y Cánada, existen dos variantes
más. En una de ellas la niña, escapando del incendio, corrió con sus
ropas en llamas hasta el túnel donde finalmente se consumió en el fuego
gritando y retorciéndose de dolor. En la otra la niña fue violada en el
interior del paso subterráneo y, para evitar que pudiera declarar en
contra de sus violadores, éstos la prendieron fuego.
Lo cierto es que en ese lugar hay algo negativo y tenebroso ya que
incluso los más escépticos afirman sentir algo vigilándolos mientras
cruzan entre sus paredes bajo las vías del tren. Hoy por hoy se ha
convertido en uno de los destinos turísticos obligados cuando uno va a
visitar las Cataratas del Niagara, ya que su fama se catapultó aún más
cuando el túnel se usó como escenario para la película “La Zona Muerta”
(1983), basada en un relato de Stephen King.
Un hombre compra un cuadro en el mercado
negro, en el lienzo puede verse la imagen de un niño llorando
desconsoladamente. Por la noche un llanto le despierta y al acercarse al
cuadro puede observar como…
Héctor era un amante del arte y, aunque
vivía en una situación realmente cómoda (económicamente hablando), sabía
que sus recursos eran limitados y por ello no dudaba en recurrir al
mercado negro cuando quería obtener una nueva pieza para su colección.
El tráfico de obras de arte de dudosa procedencia estaba en auge,
pues durante y después de la Segunda Guerra Mundial muchos fueron los
soldados y oficiales que saquearon museos o las mansiones de los más
ricos, llevándose cuanto en ellas encontraban. No era por esto extraño
que Héctor comprara verdaderas gangas y cuadros muy por debajo de su
valor.
En algunos casos el mismo Héctor se
encargaba de encontrar al comprador perfecto y revenderlos
posteriormente, multiplicando el precio que había pagado, pero en otros
quedaba prendado de la belleza de alguna obra y decidía quedársela él
mismo o guardarla algo más de tiempo hasta que decidía si la vendería o
serviría para ampliar su gran colección. Ese fue el caso de un cuadro
que le dejó sin habla nada más verlo…
En el lienzo podía observarse el rostro de un niño llorando con una
expresividad casi única, sin conocer su historia se podía intuir el gran
sufrimiento que había padecido el pequeño, un llanto que el artista
había captado con tal realismo que sólo mirarlo te imbuía en una gran
tristeza.
Héctor estaba decidido, quería comprar esa obra, pero no podía
demostrar mucho su interés si no quería que el precio se disparase.
- ¿Y éste cuánto cuesta? – preguntó Héctor.
- Ese es de los caros – le dijo el comerciante ilegal – pero como usted es buen cliente se lo dejo en 100 pesetas.
- ¿100 pesetas? – dijo Héctor con tono malumorado – Pero si a este pintor no lo conoce ni su madre.
En el lienzo podía leerse la firma de un tal Giovanni Bragolin, sin
duda un desconocido, aunque eso no era un impedimento para Héctor, que
sabía apreciar el arte y no dudaba en que esa obra la podía vender
fácilmente al triple del precio que le había marcado.
- Te doy 50 pesetas, esa es mi última oferta y deja de tratarme como a un ignorante o no me volverás a ver el pelo nunca más.
- Disculpe, don Héctor – dijo el vendedor con tono sumiso –, se lo envuelvo ahora mismo.
Héctor se fue a su casa con el cuadro bajo el brazo, una tela vieja
lo protegía de las miradas de curiosos y por algún extraño motivo sentía
que debía ser así, como si se tratara de un niño real al que hubiese
adoptado. Sus lágrimas lo habían conmovido tanto que sentía un profundo
pesar cuando recordaba su obra recién adquirida.
Para el cuadro reservó un lugar especial en la habitación en la que
dormía, no quería que quedase expuesto a las miradas de las visitas en
el salón, al menos no hasta descubrir algo más de su procedencia y el
autor. Apuntó en una hoja de papel el nombre del pintor: Giovanni
Bragolin. Al día siguiente (y como había hecho en muchas otras
ocasiones) acudiría a la biblioteca a buscar información, tal vez el
lienzo era más caro de lo que él pensaba.
Al finalizar el día, Héctor se acercó de nuevo al cuadro del niño
llorando, se quedó mirándolo durante varios minutos, observando con
detalle su compungido gesto. Trató de imaginarse qué pudo causar las
lágrimas del pequeño: el hambre, un castigo, malas calificaciones… No,
sin duda había una historia mucho más dura detrás de las lágrimas, tal
vez la muerte de un hermano o de sus padres. El llanto era desconsolado,
pero a la vez mostraba una profunda tristeza y miedo a quedarse solo.
Sí, eso debía ser, era algún huérfano de los miles que había dejado la
guerra.
Héctor se acostó en la cama mirando
hacia el niño, como si tuviera que protegerlo y velar por su descanso.
Estaba agotado así que no tardó mucho en dormirse, pero esa noche no
podría conciliar el sueño como él hubiese querido…
De madrugada un leve quejido le despertó, era indudablemente el
llanto de un niño, la oscuridad no le permitía ver con claridad, pero
sin duda el sonido provenía del cuadro. Se levantó y pudo ver como de
los ojos del niño parecían brotar lágrimas reales que goteaban hasta el
suelo y habían formado un pequeño charco. Impresionado, se quedó mirando
fijamente a los ojos del pequeño cuando… ¡Sintió que se movían
levemente para mirarle directamente!.
Se pegó tal susto que casi se cae de espaldas, pero por suerte la
cama estaba cerca y pudo sentarse sobre ella, totalmente bloqueado por
el miedo.
Los ojos del pequeño se clavaban sobre los suyos y su gesto triste
tornó a uno enfurecido, sus ojos parecían arder y cambiaron su azulado
color por un tono rojizo que parecía echar chispas, de repente el marco
del cuadro comenzó a arder con unas llamas tan intensas que rápidamente
envolvieron toda la habitación…
Héctor se despertó totalmente empapado en sudor, todo había sido una
pesadilla, miró al cuadro y no percibió nada extraño, el niño seguía
igual y no había ningún fuego a punto de devorarlo. Trató de conciliar
nuevamente el sueño, pero le resultaba muy difícil, así que decidió
levantarse para beber un poco de agua. Al pasar cerca del cuadro casi se
cae al suelo cuando resbaló sobre un pequeño charco que había justo
debajo y era idéntico al de su sueño.
Héctor, que nunca había sido muy asustadizo, trató de encontrar
explicación: ¿una gotera?, ¿una tubería rota?, todo parecía imposible
pues ni estaba lloviendo ni había ninguna bajante de agua en el cuarto.
Descolgó el cuadro y lo dejó sobre una silla de la habitación para
comprobar que no hubiera ninguna mancha de humedad detrás del lienzo: no
había nada extraño. Intentó calmarse y no darle más importancia, pero
esa noche no pudo volver a dormir y sin poder evitarlo seguía echando
miradas furtivas al niño del cuadro que reposaba sobre la silla.
Al llegar la mañana desayunó, se aseó y decidió salir a buscar más
información sobre el artista. Su búsqueda en la biblioteca no tuvo
éxito, toda una mañana perdida entre libros. Pero había algo que no
cuadraba, el estilo le resultaba familiar e incluso estaba seguro que
había visto ese apellido en alguna otra parte. Así que decidió consultar
a Ernesto, otro traficante de obras de arte como él, con el que había
tenido más de una vez algún problema al tratar con los mismos clientes o
pujar en alguna subasta por el mismo cuadro.
- Vaya, vaya, mira a quien tenemos aquí – dijo Ernesto –; si es mi
gran amigo Héctor, supongo que ya no estás resentido porque la condesa
no te comprara aquel horroroso retrato.
- Buenas tardes, Ernesto, digamos que la cosa quedaría en paz si me
ayudas a encontrar algo de información sobre un artista – le dijo
mientras le tendía el trozo de papel donde estaba apuntado el nombre del
autor.
- Hombre, pero si es mi gran amigo Bragolin, por supuesto que puedo
darte información, pero el tema es… ¿qué saco yo a cambio? – dijo
devolviendo el papel a Héctor.
- Supongo que lo de que quedemos en paz no es suficiente, ¿no?.
- Hombre, yo estaba pensando en algo más como un 30% de la venta; si es el cuadro que pienso, hay un buen beneficio para ambos.
- Un 20% y es mi última oferta (esa frase parecía funcionarle siempre).
- De acuerdo, un 25% y dejamos “en paz” el tema de condesa, al fin y al cabo somos “colegas” en este negocio.
Héctor asintio y tomó asiento en un viejo sillón que Ernesto le indicó con la mano.
- Como habrás podido adivinar el nombre de Giovanni Bragolin no es
más que un pseudónimo, el nombre real del artista es Bruno Amadio. Es un
fascista detestable y sin escrúpulos del que se dice que tuvo que huir
de Italia al acabar la guerra. Hace un par de años me crucé con él medio
por casualidad en una taberna sevillana, estaba tan borracho que no
paraba de decir estupideces sobre el Diablo y todo el dinero que iba a
ganar. Lo cierto es que poco tiempo después el pseudónimo con el que
firmaba sus obras se empezó a hacer muy popular y escuché que consiguió
vender varias de sus obras a una duquesa. Pero el hombre estaba tan
desquiciado que parece que no pudo disfrutar mucho de su fortuna, se
mudó aquí a Madrid y desapareció.
Héctor, que se había mantenido callado escuchando con atención, le preguntó:
- No quisiera arriesgarme a vender una obra robada aquí en España, ¿no será el cuadro que compré uno de los de la duquesa?
- No, por eso no te preocupes, hasta donde sé ha pintado 27 retratos de
niños llorando, pero nunca ha conseguido el mismo realismo que fue capaz
de imprimirle al primero. Los 26 restantes son mas o menos conocidos y
se pueden localizar con facilidad, incluso hay algunas falsificaciones
circulando. Pero algo me dice que el que tienes tú es el primero, la
cara con la que me escuchabas es la misma que puse yo cuando vi el
cuadro aquella noche en Sevilla. ¿Es precioso verdad? Esos ojitos
parecen estar llorando de verdad.
- Ni te lo imaginas, es tan bonito que cuesta desprenderse de él.
- Pues, amigo, te aseguro que cuando se lo llevemos a la duquesa vas a
tener como poco más de 100.000 razones para querer venderlo.
Héctor y Ernesto se estrecharon la mano y quedaron en partir hacia
Sevilla al día siguiente. Lo que había escuchado era mucho más de lo que
jamás había podido imaginar, un auténtico dineral en la época y de paso
se podría deshacer de ese cuadro que le provocaba escalofrios y ternura
a partes iguales.
Tras tomarse una cerveza en el camino para celebrarlo y cenar algo en
una tasca de mala muerte justo bajo su casa, Héctor subió a apartamento
y entró en su dormitorio…
En el suelo estaba el cuadro que parecía haberse caído de la silla
donde lo dejó por la mañana, lo volvió a subir a la silla, verificando
que no se hubiera roto con el golpe, y se desvistió para ir a dormir.
Mientras se quitaba la ropa escuchó nuevamente como el cuadro golpeaba
el suelo, era como si tuviera vida y no quisiera estar relegado a un
lugar tan ruín como una silla. Héctor no quería arriesgarse a romper una
obra tan preciada, así que colgó el cuadro nuevamente en la pared donde
lo había hecho la noche anterior. Pasados unos minutos, el cansancio de
no haber pegado ojo la noche pasada le pasó factura y cayó en un
profundo sueño.
Exactamente a la misma hora que la noche anterior un llanto le
despertó, el hombre se levantó y, como la noche pasada, pudo verificar
que las lágrimas del niño salían del cuadro y mojaban el suelo. El niño
se giró y fijó sus ojos sobre los suyos, sólo que esta vez Héctor no
reculó ni retiró la mirada. Se quedó buscando una explicación en el
interior de los ojos del chiquillo. Sin saber muy bien cómo, pareció
adentrarse en sus pensamientos y pudo ver lo que tanto temía…
Como si de un simple espectador se tratase, pudo ver la estampa de un
orfanato italiano en la que se agolpaban decenas de niños que habían
perdido a sus padres, entre todos ellos pudo distinguir al niño de su
cuadro, llorando en una esquina de forma desconsolada. Un hombre vestido
con el típico uniforme de las Camisas Negras
(fascistas italianos) le retrataba sin dejar de insultarle y golpearle
con sus duras botas militares cada vez que cesaba el llanto. Había algo
malvado en aquel hombre pues, como si estuviera poseido, pintaba a una
velocidad infernal y sonreía con una grotesca mueca de satisfacción
cuando veía al pequeño llorar.
La siguiente imagen que le vino a la mente fue la del cuadro en uno
de los pasillos del orfanato. Por alguna extraña razón el artista lo
había dejado allí mismo tras concluir su obra. Cuando los niños estaban
durmiendo el cuadro tomó vida como en su sueño, primero los ojos del
niño se volvieron rojos y después una bocanada de llamas comenzó a
brotar de los marcos del cuadro, misteriosamente sin dañar el lienzo que
parecía no poder quemarse con las llamas.
El fuego rápidamente se propagó cerrando la única posible vía de
escape de decenas de niños huérfanos que gritaban de dolor cuando las
llamas comenzaron a quemar sus pequeños cuerpecitos. El niño del cuadro
asistió muerto de miedo, desde una esquina de la habitación, a cómo el
resto de sus compañeros ardían uno por uno, era como si el fuego se
comportara de una forma inteligente y le dejara para el final
disfrutando de sus lágrimas y del sufrimiento que sentía al ver morir a
sus amiguitos. Hasta que finalmente el mismo niño ardió profiriendo
horribles gritos de dolor que duraron más de dos minutos.
De nuevo la imagen cambió y pudo verse el orfanato devastado y
derruido por las llamas, sobre los restos humeantes había un objeto que
parecía no haber sufrido las inclemencias de las altas temperaturas, un
lienzo parcialmente enrollado en el que podía verse el rostro lloroso
del niño que había muerto esa misma noche junto a sus 26 compañeros. El
hombre vestido con el uniforme fascista caminó sobre las ascuas del
orfanato como si el calor no le afectara y recogió su obra. Al
extenderla, la miró fijamente a los ojos y éstos se volvieron rojos y
una voz de ultratumba le dijo:
- Con esto se completa nuestro pacto, nunca más sufrirás por dinero o
tendrás necesidad, disfruta de tu vida terrenal, pues yo te estaré
esperando en la otra vida.
Héctor veía todo como un simple espectador hasta el momento que
escuchó al mismo Diablo proferir aquellas palabras, en ese momento dio
un paso atrás y pudo ver como el niño del cuadro le miraba fijamente con
los ojos rojos y su boca comenzaba a moverse:
- Tú me has llamado, ¿qué es lo que deseas?, ¿dinero?, ¿mujeres?. Todo lo que quieras yo te lo daré.
Héctor saltó hacia atrás sobre la cama con la mala fortuna de que se
golpeó en la cabeza al rodar sobre ésta: el golpe pareció despertarle de
su pesadilla, ya que al mirar nuevamente al cuadro, éste mostraba su
aspecto normal, el de un niño llorando desconsoladamente.
Pero sabía que no había sido un sueño, un pequeño charco bajo el
cuadro delataba que lo que había visto y vivido era real… Sin importarle
el dinero que supuestamente iba a recibir por el cuadro, fue corriendo a
la cocina, sacó un cuchillo de un cajón y se dirigió corriendo con la
intención de desgarrar el cuadro y acabar de una vez con la maldición.
Pero al entrar en la habitación la puerta se cerró de un fuerte golpe
detrás de él y el cuadro nuevamente mostró su lado más diabólico cuando
el niño, con los ojos rojos, se giró a mirarle. Una vez más las llamas
comenzaron a quemar todo a su alrededor y Héctor no pudo más que sufrir
una de las muertes más atroces posibles mientras el fuego parecía
deleitarse con su sufrimiento, quemándole léntamente hasta dejarle
totalmente carbonizado.
Misteriosamente ninguna otra parte del edificio ardió y los vecinos
no escucharon los alaridos de dolor de Héctor, por lo que a la mañana
siguiente, cuando Ernesto pasó por el apartamento de Héctor para
emprender juntos su viaje a Sevilla, encontró la puerta abierta y
temiendo lo peor entró en el cuarto de su “colega” de profesión, donde
encontró todo carbonizado… salvo el lienzo del niño llorando sobre el
cuerpo abrasado de Héctor.
Ernesto nunca había sido un hombre con escrúpulos y no iba a empezar a
serlo esa mañana, así que tomó el cuadro y salió corriendo del lugar
antes de que la policía o algún vecino pudiesen descubrir el destino de
Héctor. Debía darse prisa para llegar a Sevilla y poder vender ese
cuadro… o tal vez no, pensó mientras lo miraba sentado en uno de los
asientos del tren.
Al fin y al cabo era tan bonito y… ¡Tenía que protegerlo!
NOTA: Los cuadros de los niños llorones
son obras de arte reales de Bruno Amadio. Un artista italiano nacido en
Venecia en 1911 y que tras la Segunda Guerra Mundial se afincó en
España, concretamente en Sevilla y posteriormente en Madrid donde se le
perdió el rastro. Firmaba sus obras con varios psudónimos como: Angelo
(Giovanni) Bragolin, Franchot Seville y J. Bragolin.
A lo largo de su carrera realizó 27 retratos de niños llorando, obras
que le catapultaron a la fama a pesar de que sus anteriores trabajos
como pintor habían pasado desapercibidos. Sin embargo el realismo de sus
últimas obras, junto al alto impacto emocional que causaban sus cuadros
(que siempre mostraban niños con lágrimas en los ojos) provocaron que
fueron cientos las copias que se realizaron en láminas de sus obras.
Mucha gente tenía en su casa una reproducción de una de las obras de
Amadio por lo que fue fácil difundir la leyenda urbana de que su éxito
se debía a un pacto con el Diablo. Según algunas versiones los mismos
cuadros (incluso sus reproducciones) eran un instrumento muy valioso
para realizar pactos con el Demonio, en otras se aseguraba que el
artista antes de retratar a los niños los violaba y por ese motivo
aparecían llorando. Pero en lo que todas las versiones coincidían es que
el primer cuadro, el original, fue el único que sobrevivió a un trágico
incendio en un orfanato y desde entonces el espíritu del niño había
quedado atrapado en el lienzo. Además aseguraban que poseer uno de esos
cuadros era muy peligroso, porque se habían provocado misteriosos
incendios en las casas donde estaban colgados, siempre sin que el lienzo
o la lamina sufriera ningún daño.